Fausto y la Biblioteca de Babel

 

 
  (La Sociedad de los Hombres Celestes, Tomo II, p. 191-195)

 


18 de diciembre.
-How now Wagner, what news with thee?442- pregunté al Interno, mientras atravesábamos el parque bajo un sol radiante.
-Mit Euch, Herr Docktor, zu spazieren ist ehrenvoll und ist Gewinn-443 me respondió, dejándome estupefacto.
-Gramercies Wagner-444 volví a la carga.
-No tiene nada que agradecerme. Y aprovecho la ocasión para decirle que también yo quiero ser escritor. Pero no quiero escribir “intertextos”, como usted. Escribiré novelas, buenas novelas que todo el mundo podrá leer y querrá comprar. Seré best-seller, célebre y millonario. Y ganaré el premio Nóbel de literatura, como todo novelista que se respete.
-Permítame recordarle, Interno, que Pablo Neruda y Gabriela Mistral, por ejemplo, no eran novelistas. Eran poetas populares, como muchos ganadores del premio Nóbel.
-Justamente Doctor Faustus. La novela es un género eminentemente popular. Cualquier persona puede leer y escribir una novela. Hoy día, hasta putas analfabetas o casi, escriben novelas. Y ni hablemos de las vedettes del cine o de la televisión, cualquiera que sea su nivel intelectual y cultural. En cambio, para escribir ‘intertextos’ parecería que primero es necesario diplomarse en ingeniería cibernética. Y para leer un ‘intertexto’ y comprenderlo, mejor valdría ser Doctor en Letras.
-Usted exagera, Wagner. Es fácil leer una novela, porque la gente está condicionada a ese tipo de lectura desde la infancia. Pero un día el intertexto, cuando sea mejor conocido, será también fácil de leer. La práctica del intertexto exige únicamente conocer y sobre todo ‘reconocer’ la escritura de los demás. Y le aseguro que el más denso y complejo de los intertextos será siempre, por su espíritu de apertura hacía los otros textos, más claro y comprensible que ese montón de novelas abstrusas que constituyen no la pretendida vanguardia literaria, sino la retaguardia de un género literario en plena decadencia. Pero no tema. Escriba su novela lo mejor que pueda. Enseguida yo se la transformaré en intertexto. Toda novela de calidad puede transformarse en intertexto. Basta descubrir sus referencias textuales, queridas o no por su autor, y en seguida hacerlas explícitas. Su libro se hará así mucho más interesante, mucho más provechoso que si fuera una simple novela, por lo general aburridas y sin mejor utilidad que la de servir de guiones cinematográficos.
-¡Dio en el blanco, Herr Doktor! Mi novela se transformará en una bella película, de la misma manera que un gusano gris se transforma en una mariposa de alas coloreadas. Por eso le ruego que no transforme mi novela en un intertexto, porque en ese caso ningún editor querrá publicarla. Dicho sea de paso, si la novela es el sustento básico de los editores, como usted parece creerlo, no veo por qué razón aceptarían cortar la rama en la cual se sientan para tomar su sopa. Cierto, reciben tantos manuscritos que para escoger uno no tienen necesidad de otro criterio más que sus caprichos digestivos. ¡Tal vez mi novela no les parecerá suficientemente sabrosa!
-¡Usted también da en el blanco, mein Famulus! Siga su razonamiento hasta el final y llegará a la conclusión que en nuestra Sociedad Celeste los editores se han transformado en verdaderos marchands de soupe. Y no me extrañaría nada que su manuscrito le sea devuelto por correos, a cuenta suya y apenas probado pero ya completamente rancio. En cambio, con un intertexto esa desgracia no podrá sucederle. Le explicaré más tarde por qué y cómo, pero por el momento soy yo quien le pide no hablar de esto a nadie. Si no, no es en un hospital psiquiátrico que voy a morir. ¡Los mercaderes de novelas van a incinerarme vivo!
-Harto presumida su teoría intertextual, Doctor Faustus. Con su audacia y su arrogancia va a atraerse todo tipo de injurias y sarcasmos, o las risotadas y la indiferencia maligna de los letrados. Usted hace gala de demasiadas certezas para que se lo tome en serio. Precisamente, quería preguntarle si se toma por Fausto o por Goethe.
-¿Qué quiere decir?- pregunté azorado, tratando de aparentar una calma absoluta.
-No se preocupe, Doc. ¡Yo lo ayudaré en nombre del Diablo!445 ¿Desea usted una mujer, un juego de naipes, una bacanal? ¡Lo que usted pida, debo acordárselo!446
-¿Pero adónde vamos?- pregunté, cada vez más desconcertado.
-¡A mi imperio!- se jactó el Interno. -Ahí, doctorcito, todo me está sometido.447
-¡Ahórreme su insolencia! Sus palabras me repugnan-448 protesté, mientras entrábamos en la sala de espera del consultorio.
-¡Pobre brujillo! ¡Usted está loco!-449 me picó Wagner, pero yo no pude responderle pues en ese instante apareció el Doctor M.
-Buenas tardes- me saludó apresuradamente, tendiéndome la mano.  -Entre, por favor- me indicó el camino de su oficina, mientras Wagner se retiraba.
-Buenos tardes, Doctor- le saludé a mi vez, sentándome en un sillón frente a su escritorio y echando una rápida mirada a mi alrededor. Las estanterías, elevadas hasta el cielo raso, estaban repletas de libros, en su gran mayoría científicos, pero en un ángulo divisé una colección de Faustos y unas cuantas novelas. ¡Novelas, novelas, oh tumbas literarias!450 Sentí un escalofrío en la espalda, temí que la hora de mi verdad hubiera llegado. El Doctor M., consciente de mi zozobra, me dijo amablemente:
-Como puede ver, la práctica de la medicina no me impide leer. ¿Qué le parece mi biblioteca?
-Verdaderamente impresionante, Doctor, aunque algo desordenada.    ¡Parece la Biblioteca de Babel!
-¿Y por qué no la Biblioteca Universal? En cualquier caso, puesto que se interesa en Fausto, puede comprobar que el personaje ha sido el tema de más de un libro- dijo el Doctor, mostrándome una larga fila de volúmenes escritos en varias lenguas, todos clasificados baja la rúbrica « Fausto ». -Pero también puede comprobar que, pese a ser muy numerosos, esos Faustos no representan más que una ínfima parte de la Biblioteca Universal.
-Seguro, Doctor. Pero un verdadero Fausto es, en sí, toda una biblioteca. Podría decirse que es engendrado por una especie de biblioteca “interactiva”, si usted me permite la expresión. E, inversamente, todo Fausto auténtico envía hacia una infinidad de otros libros, entre los cuales no se puede excluir ni la Biblia, ni la Divina Comedia, ni Hamlet, ni Don Quijote, ni la obra de Sade, ni la obra de Baudelaire, etc., etc. Podría enumerarle muchas otras…
-No es necesario- me detuvo el Doctor. -Volvamos mejor a nuestro asunto.


 

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