El Intertexto, la consciencia y la libertad

 

 
(La Sociedad de los Hombres Celestes, Tomo II, p. 223-230)

 


-¿De dónde sacó esa teoría? Forma parte de su novela, sin duda.
-No me moleste, Interno- empecé a enojarme. -Sabe que no estoy escribiendo una novela, sino un intertexto.
-Excúseme por mi estulticia, se lo ruego, Doktor Faustus. Pero, para serle sincero, todavía no comprendo muy bien lo que usted entiende por intertexto. ¿Hay que escribir poniendo numeritos entre las frases? ¿Todo debe ser medido, ordenado, clasificado? Parecería que usted nunca ha dejado de ser ‘el primero de la clase’. En todo caso, ¿cuál es la importancia de escribir bajo la denominación ‘novela’ o ‘intertexto’? Lo importante es contar buenas historias y no empantanarse en discusiones bizantinas a propósito de las etiquetas a pegar sobre lo que uno escribe. ¡Usted es demasiado rígido, Doktor Faustus! Un verdadero Hermano Cristiano, un Jesuita, un taxonomista de la literatura. Para mí, sépalo, la novela es sinónimo de flexibilidad, de tolerancia, de espontaneidad y de libertad.
-¡No sea obtuso, Interno!- me enojé de verdad. -Para empezar, tratándose de arte y de literatura, es perfectamente normal, lógico, legítimo y necesario cuestionar las formas y los principios estéticos. La historia del arte y de la literatura lo muestra claramente. Ahora, para volver a la novela y al intertexto, le señalo que, contrariamente a las novelas, todas iguales (como las caricaturizó Van Gogh en su cuadro ‘Romans Parisiens’) los intertextos pueden tener apariencias muy distintas. En éste que estoy terminando las cifras son necesarias pues, dado que la educación en La Sociedad de los Hombres Celestes es uno de los hilos conductores del relato, el intertexto toma (además de la apariencia de un diario íntimo) la forma de una tesis doctoral, para muchos la meta suprema de una educación completa. Esto hubiera sido imposible en el caso de la novela, cuya masa textual es amorfa, muda, sin otra realidad material que el número de páginas. El intertexto, en cambio, permite dar una forma específica a la masa textual, que adquiere así un significado estético en sí misma. Por supuesto, la forma en literatura no es la misma cosa que la forma en las artes plásticas, forma esencialmente sensible. En literatura la forma es esencialmente intelectual, actúa por analogía, lo que permite dar a un texto varias formas a la vez. Al respecto, le recuerdo el caso del Ulysses de Joyce, libro dividido (caprichosamente según los Críticos Celestes) en tres partes. La primera y la tercera tienen el mismo volumen y en ellas la intertextualidad con la Odisea es estrictamente lineal: a cada capítulo de la epopeya homérica, corresponde un capítulo de la obra joyciana. Pero entre los dos extremos, regulares y homogéneos, se teje, a la manera de un puente colgante, la intertextualidad oblicua y heterogénea entre ambas obras. Ulysses tiene la forma de un puente, el puente que quiso establecer Joyce entre el mundo moderno y la Grecia antigua, un poco como Nietzsche y Heidegger lo hicieron en filosofia. Pero la división en tres partes recuerda también al Infierno, al Purgatorio y al Paraíso de La Divina Comedia. Usted ve, Interno : gracias a la intertextualidad, la obra literaria se afirma como obra de arte, mientras que la novela contemporánea -parasitada por el cine y la prensa al extremo de que es fácilmente suplantada por ellos- rebaja el nivel de la literatura a un mero apéndice del arte cinematográfico o del periodismo.
-Dirán que usted es un ‘copión’ de Joyce- refunfuñó Wagner. -Un ‘copión’ como un liceano que no sabe bien su lección. Peor: se dirá que usted no es más que un dictador literario que pretende imponer su propia visión de la narrativa a los novelistas. Ellos sólo quieren una cosa: ejercer la libertad de escribir sobre los temas que escojan, como les parezca mejor, sin recibir lecciones de nadie y sin dar tampoco lecciones a nadie.
-Usted es verdaderamente cándido, Wagner. Hoy día los novelistas, si quieren ser publicados, no tienen más libertad que la de escoger aquello que los Editores Celestes les imponen, directa o indirectamente, en nombre del Sagrado Mercado Celeste. Ahora bien, mein Famulus, para su alivio le comunico que también es posible desarrollar una obra literaria de alto nivel estético sin recurrir a la intertextualidad de modo sistemático: cuando el escritor nos cuenta simplemente su propia vida… a la manera de un Marcel Proust, en su Recherche, o como lo hace Oscar Castro en La Vida Simplemente. Dicho sea de paso, en esa espléndida ‘auto-ficción’ que es la Recherche, Proust nos da innúmeras y preciosas lecciones sobre el amor, la memoria, el Tiempo, la psicología del Yo, la sociedad de clases, etc., etc… sin contar sus referencias intertextuales implícitas a Las Mil y Una Noches. Toda literatura auténtica es ineluctablemente didáctica, aunque este hecho disguste a los Críticos Celestes que prefieren, por pusilanimidad, textos ligeros, divertidos, suficientemente anodinos para no hacer peligrar los privilegios alimenticios que la Sociedad de los Hombres Celestes les otorga. En cuanto a la pretentida ‘libertad’ de la novela, mein Famulus, ésta no es más que un engaño inventado por los novelistas para vender lo mejor posible sus estados de ánimo. Salvo esos tristes novelistas que, a causa de los efectos perversos del enfrentamiento ideológico entre socialismo y capitalismo, han intentado o intentan hacer de la novela un instrumento de propaganda política. Pues bien, hoy día la novela ha llegado a ser, en el mundo entero, un lamentable cliché, al punto de que es posible encargar a los Editores Celestes una novela ‘exclusiva’ para festejar el cumpleaños de su amiguita, novela en la cual la protagonista llevará el nombre de su enamorada y vivirá las peripecias que usted habrá imaginado para asombrarla y divertirla. Los ‘negros-novelistas’ que se ocupan de ese tipo de trabajo, no tienen más que copiar el estilo del último Gran Premio de Novela, copia a su vez del Gran Premio de Novela del año anterior… y así sucesivamente. La novela contemporánea es tan estereotipada, tan repetitiva, tan mecánica que es ilusorio pretender que ella representa una cualquiera libertad. A menos que para usted, Interno, la libertad novelesca signifique la supresión de la puntuación, sistema de signos sin embargo tan importante como la anotación numérica o la anotación musical, definidas justamente en cuanto “pensamiento” por Ludwig Wittengstein en su “Tractatus Logico-Philosophicus”. Efectivamente, para eso no es en absoluto necesario ser ‘el primero de la clase’ (y le recuerdo que Dante, Joyce, Pessoa, Mann, Bulgakov, etc., etc., o poetas como Rimbaud, Valéry, St.John Perse, etc., etc., eran todos ‘primeros de la clase.’) Sí, Interno. Para ser un buen novelista, basta hoy día con ser un buen holgazán. ¡Espero que no sea su caso, sino jamás llegará a ser ‘doctor en medicina’!
-Gracias por su conferencia, Doctor Faustus- suspiró Wagner. -Si quiere, lo invito a repetirla en nuestra próxima reunión clínica. Habrá varios psiquiatras extranjeros entre los participantes. Seguro que se hará famoso…
-Si me ayudan a denunciar a la Sociedad de los Hombres Celestes, de acuerdo- acepté. -Pero aún no he terminado mi conferencia, Interno. El intertexto deriva de la novela, pero en la historia de la narrativa hay algunas obras que podrían calificarse como sus  verdaderos precursores y que, por supuesto, no pueden ser llamadas simplemente “novelas”. El Satiricón de Petronio, escrito en el siglo I de nuestra era, establece una intertextualidad sostenida con los grandes clásicos griegos, en particular con la epopeya homérica. El relato mezcla prosa y verso, latín clásico y vulgar, y la estructura narrativa contiene varias historias que se cruzan entre ellas siguiendo un plan tan complejo como premeditado. El nivel estético y cultural es muy alto, sin comparación posible con la ingenuidad de lo que los letrados denominan “la novela latina y griega”. Esas pretendidas “novelas” (así bautizadas abusivamente en el siglo XX) son en realidad mini-narraciones groseras que se escribían para divertir a un público apesadumbrado por la gravedad de la tragedia. Probablemente una de la raíces de la novelería moderna está constituida por esos mini-relatos, algunos provistos de un cierto encanto como Dafne y Cloe, otros relativamente largos pero monótonos y pueriles como La Efeseída de Xenofón de Efeso.  En cierta medida podemos decir que Petronio y su Satiricón juegan en relación al desarrollo de la literatura (y frente a esos mini-relatos) un papel comparable al que jugará más tarde Cervantes y su Quijote frente a la novela de caballería. Pero antes, Dante Alighieri en la Vita Nuova, que mezcla también verso y prosa, utilizará la intertextualidad, el poliglotismo y el polimorfismo textual. En el siglo XVIII Laurence Stern y su riquísimo intertexto (tributario abierto del Quijote), Tristam Shandy,  así como Diderot y Jacques le Fataliste, continuarán explícitamente la trayectoria dantesca y cervantina. Y ésta  desembocará en el siglo XX en Uysses y Finnegans Wake, la pesadilla intertextual, polimorfa y políglota de James Joyce. Pues bien -mi estimado Interno y carcelero- el lector de intertextos, al revés del  lector de novelas, que se deja transportar por la lectura precisamente como por un sueño o una pesadilla (lo que Joyce muestra magistralmente en Finnegans), es consciente de que detrás del texto directamente legible hay muchos otros que lo sostienen ("el lenguaje en el lenguaje" hubiera dicho Bertrand Russell). La narración novelesca, por el contrario, es lisa, monotextual y muy rígida comparada a la narración intertextual, abierta a múltiples horizontes. Y por ello, más flexible, más "tolerante" como usted dice. Cierto, la novela se apoya también sobre un zócalo de referencias pero éstas son generalmente inconscientes, incluso para su autor, quien luego se extraña de que los críticos y los lectores descubran cosas que él nunca se propuso decir. El intertexto, en cambio, se apoya sobre una red de referencias explícitas. El intertexto es mucho más consciente que la novela. Por ello, podemos decir que mientras la novela duerme al lector, el intertexto lo despierta… Esa es la razón por la cual el intertexto es mucho más libre que la novela, simplemente porque la más alta libertad es la de la conciencia.
-¡Basta, Don Fausto, de tantos razonamientos!471 - se quejó Wagner. -El que terminará por dormirse, soy yo. ¡Con toda libertad!
-Aproveche, Wagner, de su libertad. Porque si llega a ser novelista, se le escapará para siempre. Con todo el respecto que le debo a la psiquiatría, me permito recordarle el caso (un poco anacrónico e impertinente pero, ¡qué diablos!) particularmente instructivo, de un psiquiatra portugués que ha llegado a ser un célebre novelista. El pobre cuenta que le gustan las mujeres, el verano, el calor… en resumen, el placer y la libertad. Como a usted y a mí, Wagner. Pues bien, en sus deprimentes confesiones de novelista (sin embargo riquísimo y adulado por la Crítica Celeste), este ex-psiquiatra confiesa que trabaja todos los días, que no tiene ningún momento de ocio ni de diversión, que no bebe ni frecuenta bares, que no asiste a ningún concierto ni espectáculo y que tampoco sale de noche. Lo único que le interesa es fantasear sobre los personajes de sus novelas. Y esto al extremo de que le daría lo mismo vivir en prisión, condenado a perpetuidad, si le aportaran libros y papel para escribir. Esa es la sombría realidad psíquica de todo novelista, rehén lastimoso de sus ‘personajes’, prisionero perpetuo de sus ‘fantasías’. Al contrario, la escritura intertextual, en la medida en que ella no puede ser -por definición- automática, es un medio de búsqueda, de conocimiento, de claridad e, insisto, un camino de conciencia y de libertad. El escritor intertextual no será jamás prisionero de sus personajes -de su ‘mental’- pues sus personajes no son, materialmente, más que textos abiertos a otros textos… Bueno. Me detengo… En verdad, no venía para hablar de literatura, sino para pedirle excusas, ‘doctor’- dije muy serio, recordando mi promesa al Doctor M. -Me he conducido con demasiada altivez frente a usted. Y no hay razón para ello. En último término reconozco que usted es un buen Interno. Merece el título de ‘doctor’, aunque no apruebe su examen de grado.
-Tengo mucho miedo de no aprobarlo- se confió Wagner. -Los Profesores Máximos están cada día peores. Sobre todo detestan a los futuros psiquiatras. No entiendo qué les pasa con la Psiquiatría, la flor de la medicina, su especialidad más noble y más excelsa.
-Lo que quería es asegurarle que de ahora en adelante lo trataré de ‘doctor’ en toda circunstancia- insistí. -Con una sola condición: que me cuente la vida y la obra del Doctor M. El conoce todo, absolutamente todo de mí y yo nada, prácticamente nada de él. ¡Así no puedo seguir adelante con esta historia de locos!
-El Doctor me ha prohibido contarle su vida- se excusó Wagner. -Es una de las reglas más importantes de la psicoterapia, como usted sabe. El psicoterapeuta debe mantenerse en el incógnito.
-Regla de la psicoterapia, seguro- concedí. -Pero la literatura es una cosa muy distinta. Usted comprende, yo no puedo arrastrar a lo largo de centenares de páginas un personaje sobre el cuál no sé nada.
-¡Bravo, señor Unamuno!- me sorprendió Wagner. ¿No acaba de decirme que los personajes intertextuales no son más que simples textos abiertos hacia otros textos ? Si entiendo bien, no tienen más realidad, más veracidad, más existencia que textual.
-Compruebo que usted es un hombre muy listo, Wagner. Los personajes intertextuales son efectivamente construidos por textos que se abren hacia otros textos, pero son animados por la ficción que, subrayo, no es ni verdadera ni falsa, sino, simplemente, es. La ficción intertextual es en sí una realidad más allá de lo verdadero y lo falso, pero -en la medida en que construye una realidad a menudo más transparente que nuestra realidad ordinaria- requiere una real coherencia. Y esta coherencia se apoya en el juego metonímico, contrariamente a la novela, la cual se apoya de preferencia sobre las metáforas. Ahora -mi estimado discípulo- la metonimia, figura retórica donde, como usted sin duda lo sabe, uno de los dos términos de la comparación puede reemplazar al otro, exige un lazo y una concordancia lógica entre los dos niveles intercambiados. Es lo que hago cada vez que introduzco un texto fáustico en lugar del mío. Wittgenstein, el más poético de los lógico-matemáticos estaría de acuerdo. El Doctor M. como texto y como ficción, debe ser al menos tan coherente y ‘vivo’ como los personajes de otros Faustos. Su “vida” pues, me interesa “vivamente”. Dígame, entonces, si Gretchen es verdaderamente su hija. ¿Se da cuenta de la gravedad de ese hecho?
-¡Usted dice cosas de una pretensión exorbitante, donde no faltan ni ambigüedad ni tinieblas, Doctor Fausto!472 En todo caso, su discurso es harto enredado. Y me pregunto lo que diría el Doctor M. si llegara a saber que, para usted, él no tiene más realidad que una realidad metonímica. En cuanto a su hija, Gretchen, ella tiene veintitrés años. Pronto se va a casar- afirmó Wagner.
-¿Se va a casar? ¿Con quién?
-Conmigo, Don Fausto. Está enamorada de mí.
-No bromee, doctorcito- imploré. -Estas cosas son muy serias. ¿Quiere volverme loco?
-En caso alguno. Yo respeto los idilios, sobre todo cuando comienzan a deteriorarse…473 Oigo los pasos de la Madre Superiora- dijo el Interno, escabulléndose. -Es mejor que se vaya... Hasta la vista, Doktor Faust.
-Adiós, Interno- repliqué, saliendo a toda velocidad para evitar a la Bruja Superiora y su mal olor. -Pero las cosas no quedarán en este punto…


More in this category: « Fragmento n°13 Fragmento n°15 »

ARTICLES/ARTICULOS