El fin de la novela

 

 
 (La Sociedad de los Hombres Celestes, Tomo II, p. 239-242)



-Es que se acaba esta historia, Doctor.
-¿Cómo, qué dice? ¿Pretende escaparse, estimado Fausto? Ce n’est pas tout à fait fini!500 No se puede terminar una historia tan complicada como la suya amontonando los hechos como si se tratara de simples anécdotas. ¡Parece un final escrito a la diabla!
-¿Y Goethe, Doctor? ¿Se acuerda del final de su Faust? La pobre Margarita, casta huérfana, se deja embarazar por Fausto quien, poco después, mata en un duelo al hermano de su amada. Margarita, a su vez, mata al recién nacido fruto del pecado y, lógicamente, va presa. Fausto viene para recuperarla y acostarse de nuevo con ella, pero Margarita no lo deja y muere de pena, como es lo habitual en este tipo de situaciones. Fausto, naturalmente, se interroga sobre el destino final del alma de su queridita. “Juzgada”, afirma Mefistófeles quien, con toda buena fe, la supone en el Infierno, donde van a parar las fornicadoras y las parricidas. En ese instante alguien murmura en el Cielo: “Salvada”, sin agregar más explicaciones. Ese es el fin del Faust de Goethe. ¿No le parece un final verdaderamente escrito a la diabla?
-De acuerdo. Pero le señalo que no ha terminado de contarme su aventura con Margaret. Además, no me ha dado tiempo para darle la fórmula del filtro mágico que cura todos los males de amor.
-Margaret no tiene gran importancia al lado de Maggie- afirmé. -Ahora me doy cuenta de que enamorarme de ella fue una manera más o menos inconsciente, más o menos voluntaria, de soportar el alejamiento de Maggie. Un amor de substitución, falso como una novela.
-Es posible- convino el Doctor M., mordaz. -Dicen que el mal de amor se cura con un nuevo amor… o con un nuevo mal de amor.
-No siempre, Doctor. El enfermo de amor no quiere olvidar, no quiere otro amor, quiere recuperar el perdido. Y pueden pasar años antes de que sea capaz de enamorarse otra vez, simplemente porque, ¡colmo del narcisismo herido!, adora su dolor. En mi caso, creo que caí enamorado de Margaret porque, para mejorar la imagen de mí mismo afeada por la traición de Maggie, necesitaba amar a una mujer superior a ella. Fue un fracaso, como también fue un fracaso mi relación con Helena, excesivamente intelectual. Si voy más lejos, podría decir que el amor por Margaret fue puramente ‘novelesco’, ‘mentiroso’, mientras que el amor con Maggie era de índole ‘intertextual’, mucho más veraz y vivo.
-‘Intersexual’, querrá decir- bromeó el Doctor M. -Pero sigo sin ver muy claro qué demonios veía usted detrás de los Hombres Celestes. Y no me diga que va a dejar trunca la historia de su psicoterapia. En ese caso, no hay curación posible y yo he perdido mi tiempo leyéndolo hasta aquí…

Y sin embargo, paciente Lector, en general es así que se interrumpe la leyenda de Fausto. De manera abrupta, brusca y a la vez artera. Casi como una mala jugada, pese a que Fausto sabe lo que le espera cuando termine de caer la arena del reloj. Tú mismo (entre nosotros ya hemos contraído los lazos que autorizan el tuteo, ¿de acuerdo?)501, tú mismo sabes desde hace algunas páginas que nuestra complicidad llega a su fin, quieras o no quieras…
Tal vez dirás que tú nada tienes que ver ni con Fausto ni conmigo. No obstante, fuiste tú quien me llamó en el momento de abrir este libro. Si fue por aburrimiento, melancolía, curiosidad, o impulsado por alguna obligación, tú lo sabes mejor que yo. En cuanto a mí, me parece haber cumplido con nuestro pacto implícito. Sin necesidad de salir de tu habitación (Studierzimmer!) has recorrido los vericuetos de la ciencia del cuerpo y de la ciencia del espíritu, pero también las aguas pantanosas de la pasión de la carne. En el peor (¿o mejor?) de los casos, habrás revivido tu propia educación, tu propia búsqueda del conocimiento y del placer. Lo cierto es que, en alguna medida, tú eres Fausto. Por ello, antes de empujarte en el abismo de la página en blanco, me pregunto y te pregunto, Lector impenitente: ¿por qué tienes que andar buscando un libro y en ese libro todas las tonterías de otro?… Lee y relee ese intertexto favorito que no cesa, en tu cabeza, de escribirse y de ilustrarse, de hacerse y rehacerse, tan vivo como tú mismo… o incluso más.502

Sí, sí, la Hora ha llegado… Salvo… Salvo si, inversamente, en este último tiempo tú, sin decírselo a nadie, ni siquiera a ti mismo, has jugado en tu cerebro con un plan deliciosamente inconfesable: escribir. Entonces, al igual que todo escritor, no tienes más que desplegar tus negras alas y alzarte por encima de precipicios, fuegos y cavernas. Sí, sí, sí. Hablo de EL, de ti, el Escritor: el Diablo, ¡el verdadero Señor del Entusiasmo!503


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